BCdN 01 - nuestro lugar en la masividad cultural

Naye comparte una reflexión con base en experiencias personales sobre la masividad cultural, el sentido de pertenencia y quiénes realmente ocupan y construyen los espacios culturales.

CULTURA VIVATEATROMÚSICACINEARTES VISUALESPRESENTACIÓN

Nayelli Sánchez

7/31/20267 min read

¿A quién le pertenecen los espacios de la masividad festivalera?

La reflexión de hoy recae en una pregunta que considero yo muy puntual y necesaria para lo que ha ocurrido en este gran mundo de la cultura como espectáculo y “abierta a todo mundo”.

No poseo una verdad absoluta, sólo una humilde opinión de las interacciones y los espacios.

Los espacios que, creo yo, y apuesto por ello, pertenecen a quienes los habitan, y se hacen dueños de lo que conlleva esa palabra: habitar. Diluirse en las esquinas, en los suelos y las paredes que de alguna forma siempre se hacen suyos. Quien habita un espacio le da su valor, su alma, la cultura propia de su espacio la crean sus habitantes.

¿Se consideran todos los escenarios dentro de una experiencia masiva, para que sea benéfica, en su mayoría, para todos los involucrados?

En teoría, la respuesta es un sí, pero también es una duda genuina que existe en mí.

Quisiera iniciar y ejemplificar mis reflexiones con vivencias personales.

Hace unos días fui invitada (de forma muy personalizada, en un elegante correo que tenía mi nombre como “Promotora/escritora”... ¿escritora? acaso la Secretaría de Cultura me etiquetó en lo que mis delulus no me han permitido?) a la presentación del programa de la edición 54 del Festival Internacional Cervantino de Guanajuato.

Muy emocionante la invitación, debo admitir, porque considero que este festival, en su masividad existencial, se ha posicionado como un referente cultural del que siempre se tiene una opinión.

Días después del evento acontecido encontré una nota en facebook de un colega agente cultural hablando sobre la visión politizada que ha tenido el Festival en los últimos años, la reducción del impacto artístico real, y múltiples opiniones rayando en lo decepcionante que había resultado la gran revelación del programa para varios de quienes radican en la ciudad callejonera y dedican su vida a las artes y su labor.

La vida artística guanajuatense es un espacio que desde hace un tiempo no siento en mi pertenencia, aunque la observo con pasión y amor, la entiendo desde una perspectiva que mi migrante corazón entiende y la nutro con el diálogo que se presta de mis allegados culturales, habitantes de un espacio que se presenta ante el mundo como la capital cultural de América Latina… Concepto que tiene sus áreas cuestionables.

Le contaba entonces a mi colega escritor de este blog (mi melómano de confianza y espía encubierto de la escena alternativa guanajuatense) mis impresiones ante cómo coexiste la vida artística de esta ciudad en conjunto con la masividad de los eventos que los altos mandos consideran que son buenos para el mismo. “Vengan a la ciudad, el turismo es necesario, se reconocen a todos los sectores participantes de este magno evento.”

¿Reconocimiento? Claro que sí, yo acababa de ser reconocida en la base de datos de la Secretaría de Cultura para ser invitada a tan honorable evento.

También lo fue el fundador de ese ensamble, la directora de esa compañía de danza, este músico que decidió abrir su foro independiente, ah claro y este guitarrista, también lo conozco, ¿cómo no? ¡función estelar hace dos años en ese centro cultural tan emblemático donde me inauguré en la burocracia cultural!

Eso pasaba por mi mente mientras escuchaba la tan aclamada presentación del programa del FIC… En una transmisión de facebook, en mi carro, en el tráfico.

Porque, dentro de las palabras diplomáticas de las autoridades que nos recuerdan la importancia de la masividad de estas festividades en nuestra tan hermosa ciudad, faltó hacer una pequeña mención a la urbanidad que se interfiere en los planes de la cultura.

Por ello, a veinte minutos de haber iniciado el tan aclamado evento, yo seguía atorada en un tráfico que solamente Guanajuato comprende (con esas maravillas de sólo tener dos calles, un poco atoradas cuando llueve, un poco interrumpidas con quienes osan ir a trabajar en algo no artístico para ganarse la vida), pero siempre firme en mi papel de mantenerme informada, porque además eventualmente debería escribir al respecto (además de abordar la perspectiva de porqué este evento le debería interesar a los gringos… pero eso irá en otro blog).

Escuché las palabras y los aplausos en mi cómodo estéreo entre el freno y la micro girada de llanta cuando por fin lo vi, a sólo unos metros de mí, la entrada al magno recinto con el magno evento, no debía ser tan difícil entrar.

Pues sí, lo fue.

La mitad de mis compañeros automovilísticos se dirigían al mismo espacio que yo. Entre las palabras elogiantes al gran guitarrista guanajuatense sonando aún desde la transmisión de facebook, y el carro con logo de un medio reconocido que se metió en la fila a toda velocidad, no pude mas que contemplar a las personas trajeadas que bajaban corriendo en expectativa de tratar de alcanzar a llegar al menos para tomarse la foto que les daba la credibilidad de haber acudido al evento del año.

A este punto, a una hora de haber dado inicio, yo también estaba dispuesta a buscar mi foto, porque sino qué chiste.

Después de las amables instrucciones de la persona que estaba redireccionando la increíble cantidad de carros que elegantemente trataban de llegar hasta la puerta con las grandes lonas rojas de FIC, pude encontrar lugar en un estacionamiento alejado que aparentemente estaba instalado con el fin de ese día, y me encaminé a ver lo que pudiera rescatar de mi tan importante invitación.

En mi caminata, tras el descuido por estar documentando mi travesía a mi ser amado, dejé caer mi accesorio de persona cool (mis lentes de sol) y se encontró altamente comprometido ante las llantas de un carro que desesperada y elegantemente se estacionaba. Los lentes y yo fuimos salvados por una chica de gran outfit que en su labor de ayudar en la maniobra de estacionada a quien estaba tras el volante (su acompañante, al parecer), logró que las llantas no aplastaran los cristales y con ellos todo mi estilo.

Les agradecí a ambos y continué mi camino y mi bitácora, añadiendo ese detalle en vivo y en directo. Recuerdo haber comentado en mi audio enviado “estos dos seres también vienen tarde, a ver qué alcanzan, a ver qué alcanzamos todos”.

Mientras empezaba la travesía de la subida al gran auditorio, mi condición física sintió los pasos cercanos detrás de mí, de aquellos seres elegantes que antes habían salvado mi estilo, caminando a grandes y apresurados pasos. Los dejé adelantarse mientras mi audífono izquierdo aún me hacía llegar los aplausos que se daban unas puertas más adelante, y las palabras de alguna diplomática resonaban en un tono adorable “todos son parte de este gran evento”.

Claro que sí, estaba muy segura para ese entonces, entre esos todos estábamos todos los que subíamos esa pequeña colina, todos los que eligieron su mejor traje, su mejor vestido, todos quienes colgaban sus pases de prensa, todos los que yacían (yacíamos) en la elegante sala de espera bajo las palabras de las amables señoritas de la entrada con un “ya no se puede ingresar”.

Oh no, claro, lo entiendo, solamente que eso le tendrán que decir a mis otros compañeros de carretera estática. Y me preguntaba ¿Cuántos de ellos habrán recibido un correo igual de importante como el mío?

El rol que mi presencia debía tomar en ese espacio era claro en mi ser. La comunidad que asiste, que se interesa, que observa, a su vez, debe ser observada.

Mientras seguía escuchando en la comodidad de mi oído lo que pasaba tras las puertas resguardadas, encontré un lugar donde pude tener una vista panorámica de las personas que habíamos sido víctimas del tráfico, la lluvia, y la vida cotidiana de una ciudad que en muchas partes no recordaba que habría una gran lona roja con tres letras instaladas en uno de sus cerros más emblemáticos.

Saludos de mano, sonrisas compartidas. Una que otra risa, todos en sus mejores fachas. La invitación decía “vestimenta formal”, ¿cómo eligieron sus zapatos? ¿todos tenían invitación?.

A esa señora la conozco, ellos creo que hacen música, ella se está tomando una foto, ¿será artista?

“Disculpa, ¿en dónde estás viendo la transmisión?” Me preguntó una señora amablemente.

Después de responderle e intercambiar unas cuantas palabras, ella me dice que el evento está por terminar, y que va a quedarse a esperar a que todos salgan.

Mientras, volví a divisar a mi salvadora de lentes y su acompañante. Los vi a su ingreso y vi su bajón cuando se les negó la entrada (después de intentarlo por las tres puertas). Tras deambular un poco, decidieron entablar una conversación con alguna personaje reconocida en la sala, y antes de terminar el evento ya habían iniciado su camino hacia la salida.

Me parecían conocidos… ¿de dónde?...

Antes de presenciar la oleada de gente saliendo del auditorio tomé mi respectiva foto directa para redes sociales en mi asistencia a un evento importante, de alta calidad, de alto impacto comunitario.

Evento que sin duda beneficia a la comunidad, apoya lo local, está dentro del bienestar social.

Eso se dijo, unas tres veces.

Eso se citó, más de una vez, en las múltiples opiniones de redes que vi días después, no de medios elogiando el evento, sino de quienes viven con el arte en la sangre cotidiana.

De regreso a mi ciudad, con la calma que me da mi hogar, después de haber contado mi anécdota del día, busqué el programa oficial del FIC, cambiando mi chip de “Promotora/Escritora” a “Público promedio”.

Y ahí estaba.

Día, hora, recinto, guitarrista guanajuatense, reconocido e importante elemento cultural en la ciudad hogar del Festival Cultural más grande de América Latina.

A quien yo ubiqué como guitarrista que conocí en mi vida godín, mencionado en la transmisión de facebook, apresurado conductor, salvador de mis lentes de sol, y personaje que, como yo, como muchos otros, quedó fuera de la presentación a puerta cerrada.

Reflexioné mucho los días siguientes sobre la labor de la masividad de festivales, sobre la participación ciudadana, sobre la opinión que todo el mundo tiene.

Porque todo el mundo opina, todo el mundo es parte de.

¿Hay alguna perspectiva correcta? ¿Una verdad absoluta? ¿Es un crimen hablar sobre politizar los espacios? ¿Qué no es todo el arte político?

Al día de hoy, no tengo una respuesta a todo, y simplemente, entre el desenvolvimiento del día a día, entre el conocimiento, y las múltiples vidas y versiones, sólo se generan más preguntas.

Pero los hechos, son los hechos.

El Festival Internacional Cervantino viene una vez más. ¿Vamos a formar parte de él?